Las palabras de Jesús: ¿cuánto podemos acercarnos a la voz original?

Publicado el 1 de julio de 2026, 6:11
Caravaggio

Jesús no nos dejó un libro. No conservamos una carta suya, una nota, una tablilla ni una frase escrita de su propia mano. Todo lo que sabemos de sus palabras nos llega a través de otros: hombres y comunidades que lo escucharon, lo recordaron, lo transmitieron, lo predicaron y, finalmente, lo pusieron por escrito.

Este hecho no desacredita el relato de sus discursos, pero nos obliga a formular correctamente la pregunta: ¿los Evangelios conservan las palabras exactas de Jesús o conservan la memoria, ya interpretada, de su enseñanza?

Desde una perspectiva histórica, la segunda posibilidad parece más prudente. Jesús fue un maestro itinerante en la Galilea y la Judea del siglo I. Su mundo era, en gran medida, oral. Las palabras viajaban de boca en boca, se recordaban y maduraban. La historia no nacía primero en una página, sino en la voz.

Una frase incisiva, una parábola, un gesto público o una respuesta pronunciada durante un conflicto con la autoridad religiosa podían ser recordados y transmitidos. Pero recordar no significa transcribir palabra por palabra como si hubiera una grabadora.

Hay que evitar dos extremos.

El primero consiste en imaginar que las palabras de Jesús llegaron hasta nosotros exactamente como fueron pronunciadas. Esto es poco probable. Muchas de ellas debieron de ser dichas en arameo, mientras que los textos evangélicos que poseemos fueron escritos en griego. Ese simple paso ya implica una transformación: traducir significa elegir.

Una palabra aramea puede contener matices que el griego solo reproduce parcialmente. Una frase pronunciada en una aldea ante campesinos, pescadores o enfermos puede aparecer décadas después con una formulación distinta dentro de un texto dirigido a una comunidad cristiana de lengua griega.

El segundo extremo consiste en pensar que todo fue inventado o deformado sin control. Tampoco es razonable. Una cultura oral no es una cultura sin memoria. En una sociedad donde la escritura estaba reservada a pocos, la memoria desempeñaba una función esencial. Dichos breves, imágenes vivas, parábolas y fórmulas repetidas podían conservarse durante mucho tiempo, quizá no de manera literal, pero sí manteniendo un núcleo reconocible.

Una parábola sobre la semilla, una imagen del pan o una frase sobre el perdón, el miedo y los pobres no necesitaban ser copiadas inmediatamente para sobrevivir. Necesitaban ser memorables.

El problema es que todo recuerdo es también una interpretación. Quien narra elige un orden, un tono y un contexto. Una frase puede situarse en un episodio diferente; un diálogo puede abreviarse; una respuesta puede explicarse para que resulte comprensible a nuevos oyentes. Una palabra oscura puede aclararse y esa aclaración terminar formando parte del relato.

No hace falta imaginar una manipulación intencionada. Basta con la vida normal de una tradición: una voz pasa a otra, de una aldea a una ciudad, de un grupo judío de lengua aramea a una comunidad mixta que reza, predica y escribe en griego.

Cuando se llega a la escritura, la situación cambia de nuevo. Escribir un Evangelio no significa limitarse a copiar todo lo que se recuerda. Significa ordenar, seleccionar, incluir y omitir. Significa construir una narración.

Los autores y redactores de los Evangelios no eran personas que transcribían de forma confusa lo que habían oído. Componían textos en griego, organizaban episodios, desarrollaban personajes y daban forma a relatos religiosos con una notable habilidad. Pero esa misma competencia añade otra dimensión: el material recibido se organiza dentro de una visión teológica y comunitaria.

Esto explica por qué los Evangelios no son idénticos. A veces conservan episodios semejantes con diferencias en los detalles; otras veces sitúan palabras similares en contextos distintos. Un evangelista desarrolla ampliamente lo que otro cuenta de manera breve. Estas diferencias no deberían escandalizarnos: son el signo normal de una tradición viva.

Una tradición completamente uniforme sería tan sospechosa como una tradición completamente caótica.

El Evangelio de Marcos suele considerarse el más antiguo y se fecha generalmente en torno a los años 65-75 del siglo I. Mateo y Lucas se sitúan algo después, y Juan todavía más tarde, aunque las fechas concretas siguen siendo objeto de debate. Esto significa que entre la muerte de Jesús y la redacción de los Evangelios transcurrieron varias décadas.

Durante ese tiempo, las comunidades recordaron, predicaron, debatieron, rezaron y afrontaron conflictos internos y externos. La memoria de Jesús no permaneció inmóvil en una habitación cerrada. Vivió dentro de comunidades que intentaban comprender qué significaba seguirlo después de su muerte.

¿Podemos decir entonces que la enseñanza de Jesús fue modificada?

Sí, si con “modificada” queremos decir traducida, seleccionada, resumida, organizada e interpretada. No, si queremos decir necesariamente falsificada. Transformación no siempre significa falsificación.

Contar de nuevo cambia la forma y puede preservar la esencia. Podemos perder la letra exacta de una frase y conservar la dirección profunda de un pensamiento. Podemos no poseer la voz física de Jesús y, sin embargo, percibir su impacto.

La pregunta histórica más seria no es: “¿Poseemos las palabras exactas de Jesús?”. En la mayoría de los casos, probablemente no.

La pregunta más útil es otra: “¿Qué elementos centrales de su enseñanza son lo bastante antiguos, coherentes y recurrentes como para remontarse a la predicación de Jesús o a su recuerdo más cercano?”.

Aquí aparecen temas poderosos: el Reino de Dios, la conversión interior, la cercanía a los pobres y excluidos, el perdón, la crítica de la hipocresía religiosa, la desconfianza hacia el poder entendido como salvación y la idea de que la verdad no coincide con la fuerza.

Esto vale también para los diálogos más conocidos. Una frase como «He venido para dar testimonio de la verdad» puede conservar un núcleo profundo, aunque su forma griega y literaria sea el resultado de una elaboración teológica. El Jesús histórico quizá pronunció algo más sencillo, más oral, más cercano al ritmo semítico: «He venido a decir la verdad» o «He dicho lo que debía decir».

No podemos reconstruir con precisión la frase original. Solo podemos intuir la tensión que una respuesta semejante habría provocado ante una autoridad romana: no una doctrina completa ni una explicación filosófica, sino una presencia que no encajaba fácilmente en las categorías del poder.

La conclusión más equilibrada es que no poseemos una grabación neutral de la voz de Jesús. Poseemos el testimonio, la memoria, la fe, la predicación y los escritos de comunidades que lo consideraron fundamental.

En ese testimonio, la forma de las palabras pudo cambiar; una respuesta pudo reorganizarse y algunas frases pudieron hacerse más solemnes, claras o teológicas. Pero esto no significa que todo se disuelva. La memoria antigua no es una fotografía, pero tampoco es pura invención. Es una forma de transmisión: frágil, viva, capaz de deformar, pero también de conservar.

Tal vez aquí resida el verdadero interés histórico de Jesús: no en poseer cada sílaba de sus palabras, sino en comprobar que algunas de ellas, incluso después de atravesar tantas voces humanas, continuaron produciendo efectos.

No fueron fijadas inmediatamente en una página. Sobrevivieron porque eran lo bastante fuertes para permanecer en la memoria antes incluso de ser escritas.

Nota final

Este artículo nace de una cuestión histórica que atraviesa también mi novela Pilato. Dopo il giudizio: ¿qué sucede con una palabra cuando pasa de una voz a otra y de una generación a la siguiente?

En el caso de Jesús no siempre podemos escuchar la frase original. Pero sí podemos acercarnos a la huella que dejó.