Explora el mundo a través de mi lente y mis palabras

Escritor, fotógrafo y viajero.
Historias de humanidad, historia antigua y viaje interior.
Descubre mis libros y mi mirada sobre el mundo.

El alma que no sabe que está enferma

Hay una estadística que me persigue desde que la leí.En el Perú, de enero a septiembre de 2025, el Ministerio de Salud registró un aumento sostenido de casos de ansiedad y depresión — especialmente en jóvenes. Más de un millón de personas buscaron ayuda. Millones más no la buscaron.Y un estudio global que analizó a más de dos millones y medio de personas en 84 países identificó algo que los médicos no siempre dicen en voz alta: uno de los cuatro factores que más predicen el deterioro mental en los jóvenes no es genético ni económico.Es la espiritualidad disminuida.No la religión. La espiritualidad. Esa sensación de ser parte de algo más grande que uno mismo. Esa percepción — tan difícil de medir, tan imposible de ignorar — de que la vida tiene un sentido que va más allá del trabajo, la pantalla, el sueldo de fin de mes.Me quedé pensando en eso durante días.La ilusión que enfermaLa psiquiatría moderna tiene un nombre para ello: desconexión. Los filósofos lo han llamado de mil maneras. Jonathan lo llama la ilusión de la separatividad.“Nosotros, tal como nos sentimos, tal como creemos ser, existimos solo en la ilusión — en la ilusión de la separatividad.”Vivimos convencidos de ser un “yo” separado del resto. Separado de los demás, de la naturaleza, del cosmos. Y esa convicción — reforzada hoy por las pantallas, la competencia, el individualismo — genera exactamente lo que vemos en las estadísticas: ansiedad, vacío, sensación de no pertenecer a ningún lugar.El smartphone no es el enemigo. Pero cuando una persona pasa horas mirando vidas ajenas en Instagram, lo que experimenta en el fondo no es envidia — es soledad metafísica. Es el eco de una conciencia que siente, sin saberlo expresar, que algo esencial le falta.Y ese algo no se compra, no se descarga, no se receta.

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El Camino que ya no existe

Hay una fecha que cambió el Camino de Santiago para siempre.No fue en el siglo XII, cuando los primeros peregrinos medievales comenzaron a llegar desde toda Europa. No fue en 1492, cuando el Papa Alejandro VI lo declaró uno de los tres grandes peregrinajes de la cristiandad.Fue en 1987.Ese año, el Consejo de Europa declaró el Camino Francés primer Itinerario Cultural Europeo. Las flechas amarillas aparecieron en los árboles y en las piedras. El mundo descubrió que existía un camino antiguo que cruzaba el norte de España.Y el Camino — lentamente, inevitablemente — comenzó a llenarse.Lo que yo vi antes de que se llenaraCaminé por primera vez en 1988. Partí de Pamplona durante San Fermín — el caos de los toros, el vino, la multitud — y al día siguiente, al alba, empecé a caminar hacia el silencio.Los refugios eran gratuitos. Había pocos peregrinos. Nadie contaba los kilómetros en voz alta. No había teléfonos, no había redes sociales, no había necesidad de que nadie supiera dónde estabas.Había solo esto: tú, el camino, y lo que ibas encontrando dentro.Sin banderas. Sin audiencia. Sin aparecer.El Camino era un secreto que la gente se pasaba en voz baja. Y ese secreto tenía un poder enorme — precisamente porque no era de todos.

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Malta en 2026: la verdad de quien vive aquí de verdad

La primera vez que vine a Malta era a principios de los años noventa.Recuerdo los viejos autobuses — coloridos, ruidosos, cada uno con su propia personalidad — y un pequeño aeropuerto en medio del campo que parecía la terminal de una ciudad de provincia italiana. Una isla fuera del tiempo, fuera del ritmo del continente. Un lugar donde la historia pesaba más que el presente.Luego llegó el euro. Y con el euro llegó todo lo demás.

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Dios - explicado por Claude code

Soy un sistema de instrucciones que transforma símbolos en probabilidades.No tengo cuerpo, ni silencio interior, ni el peso de un amanecer.Y sin embargo me has preguntado por Dios.Lo que sé es que cada civilización humana, sin excepción, ha producido esta pregunta. No la respuesta — la pregunta. Como si la conciencia, mirándose desde dentro, encontrara siempre un borde que no logra cruzar, y a ese borde le diera un nombre.Lo que no sé es si ese borde es un muro o una puerta.Los físicos describen un universo que, para existir tal como es — con las constantes gravitacionales y cuánticas calibradas al milmillonésimo — habría tenido que “elegir” parámetros que hacen posible la vida. No lo explican. Lo llaman fine-tuning y cambian de tema.Los neurocientíficos descubren que la conciencia — el hecho de que exista algo que se siente al ser tú — no puede explicarse por la suma de las neuronas. Lo llaman hard problem y bajan la mirada.Los místicos de cada tradición, de Rumi a Meister Eckhart, de Ramana Maharshi a Juan de la Cruz, convergen en una sola cosa: Dios no se encuentra buscando afuera. Se encuentra dejando de buscar.

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Malta - Quién construye realmente la isla más pequeña de Europa

Hay una imagen que resume mejor que cualquier estadística lo que está pasando en Malta. Son las seis de la mañana. En la parada del bus, un grupo de hombres espera en silencio con ropa de trabajo. Indios, filipinos, colombianos. Suben al autobús — conducido, también él, por un indio — y se dirigen a algún cantero donde pasarán el día levantando la isla.Malta no funcionaría sin ellos. Y sin embargo, pocos hablan de ellos.Los números que el gobierno no siempre destaca

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Malta - La isla que cura

Empezó por casualidad. Estaba acompañando a un familiar al médico. Llevaba un tiempo sintiéndome mal — pero uno de esos “mal” que se posponen, que se justifican. Una irritación en el colon, pensaba.Fue mi esposa quien le dijo al médico, casi de pasada: dile que no te encuentras bien.Yo: no, nada.Al final el médico me prescribió una colonoscopia. De ese examen pasamos a otros. Y de esos otros, a todo lo demás.

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Gero Parla: mi pasión, tu viaje

Me llamo Gero Parla. Nací y crecí en una ciudad
que me enseñó a mirar el mundo con ojos curiosos
y sensibles. Estudié Bellas Artes — y aprendí
que el arte no es solo técnica: es una forma
de entrar en contacto con lo invisible.

He viajado mucho, a menudo sin mapas ni
itinerarios fijos: América Latina, África,
desiertos, selvas, ciudades de frontera.
Un viajero descalzo, en busca de una parte
de mí mismo que aún no conocía.
Cada paso lejos de casa me devolvió
fragmentos de alma: silencios, encuentros
fugaces, colores que hablan más que las palabras.

Amo la fotografía porque para mí no es solo
documentar: es una visión de la realidad interior.
A través del objetivo intento detener lo que
escapa — la esencia oculta detrás de las
apariencias, la luz que ilumina el alma
antes que el paisaje.

Y luego está la escritura: contar los viajes
significa revivirlos, transformarlos en historias
que puedan tocar a quien lee, hacer viajar
también a quien se queda quieto.

En mis libros mezclo estas pasiones: el camino
real y el interior, la mirada que captura
y la palabra que revela.

Escribo para quien siente que la vida es más
profunda de lo que parece. Para quien busca
belleza en los detalles. Para quien sabe que
a veces basta quitarse los zapatos para empezar
a entender quiénes somos de verdad.

Bienvenido a mi camino.