El ferry llegó con retraso. Como siempre en invierno.
El viento de Pantelleria en enero no pide permiso — entra por las grietas de las casas bajas, mueve las barcas en el puerto como si fueran juguetes, borra los pensamientos superficiales. Solo quedan los que tienen raíz.
Lo encontré en el muelle. Un hombre viejo, con las manos del color de la madera mojada, remendando una red con la paciencia de quien ya no tiene prisa hacia ningún lado. Me senté cerca, sin preguntar. A veces la compañía no necesita presentación.
Pasó un rato largo antes de que alguno de los dos hablara.
— ¿De dónde vienes? — preguntó él, sin levantar los ojos de la red.
— De ningún lugar fijo — respondí. — Viajo.
Silencio. El mar golpeó contra el muelle.
— ¿Y qué buscas?
Me quedé pensando. Era una pregunta simple. Demasiado simple para responderla rápido.
— La verdad, supongo.
El viejo sonrió. Una sonrisa pequeña, casi invisible.
— Mi padre me dijo algo una vez — dijo, sin dejar de remendar. — Me dijo: “Nunca confíes en quien dice que ya sabe todo. El mar tampoco lo sabe todo — y lleva miles de años intentándolo.”
— ¿Usted cree en el progreso? — le pregunté.
Me miró entonces por primera vez. Ojos claros, del color del agua en días de nublado.
— ¿En qué tipo de progreso?
— En que las cosas mejoran. En que el hombre aprende.
Dejó la red un momento sobre las rodillas.
— El hombre aprende cuando tiene hambre de aprender. Cuando está satisfecho, duerme. — Volvió a la red. — El mar en invierno tiene hambre. Por eso se mueve así. En verano, cuando está tranquilo y lleno de barcos y turistas, no aprende nada. Es bonito — pero no aprende.
Pensé en lo que había leído en mis cuadernos de viaje. En esas palabras que alguien escribió alguna vez — que el deseo de conocer es lo que mantiene vivo al hombre. Que cualquier institución, filosofía o religión que diga tenerlo todo resuelto está condenada a morir. Que el progreso nace siempre de quien va contra corriente.
— ¿Y usted? — le pregunté. — ¿Sigue aprendiendo?
Se quedó callado un buen rato. El viento movió su chaqueta oscura.
— Cada invierno el mar me enseña algo distinto — dijo finalmente. — Llevo setenta años mirándolo. Y todavía me sorprende.
Pausa.
— Quien cree que ya conoce el mar, ese no lo conoce.
Estuvo en silencio un rato más. Luego, sin que yo preguntara nada, añadió:
— Mi abuelo era pescador. Mi padre también. Yo también. Mi hijo — señaló con la cabeza hacia el pueblo — trabaja en un hotel en Palermo. Dice que el mar ya no da de comer.
No respondí.
— Quizás tiene razón — continuó. — Pero a mí el mar me dio algo más que el dinero. Me enseñó que nada permanece igual. Que la misma agua de ayer no es la de hoy. Y sin embargo — es siempre el mar.
Me quedé pensando en eso mucho tiempo después de despedirme.
La misma agua de ayer no es la de hoy. Y sin embargo — es siempre el mar.
Hay personas que sin haber leído ningún libro de filosofía llegan a la misma verdad que los grandes maestros. Quizás porque no la aprendieron — la vivieron. La pescaron, literalmente, del fondo.
El viejo de Pantelleria no sabía nada de Parménides ni de la Escuela Eleática. No sabía que hace veinticinco siglos un filósofo griego ya había dicho que la realidad no es lo que cambia — sino lo que permanece debajo del cambio.
Pero lo sabía igual.
Tomé el ferry de vuelta al anochecer.
El viento había bajado un poco — o quizás me había acostumbrado a él. El viejo ya no estaba en el muelle. La red, doblada, descansaba sobre una barca.
Me pregunté cuántas verdades están esperando así — dobladas sobre una barca, en un puerto de invierno — a que alguien se siente cerca, sin preguntar nada, y las escuche.
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