El alma que no sabe que está enferma
Hay una estadística que me persigue desde que la leí.En el Perú, de enero a septiembre de 2025, el Ministerio de Salud registró un aumento sostenido de casos de ansiedad y depresión — especialmente en jóvenes. Más de un millón de personas buscaron ayuda. Millones más no la buscaron.Y un estudio global que analizó a más de dos millones y medio de personas en 84 países identificó algo que los médicos no siempre dicen en voz alta: uno de los cuatro factores que más predicen el deterioro mental en los jóvenes no es genético ni económico.Es la espiritualidad disminuida.No la religión. La espiritualidad. Esa sensación de ser parte de algo más grande que uno mismo. Esa percepción — tan difícil de medir, tan imposible de ignorar — de que la vida tiene un sentido que va más allá del trabajo, la pantalla, el sueldo de fin de mes.Me quedé pensando en eso durante días.La ilusión que enfermaLa psiquiatría moderna tiene un nombre para ello: desconexión. Los filósofos lo han llamado de mil maneras. Jonathan lo llama la ilusión de la separatividad.“Nosotros, tal como nos sentimos, tal como creemos ser, existimos solo en la ilusión — en la ilusión de la separatividad.”Vivimos convencidos de ser un “yo” separado del resto. Separado de los demás, de la naturaleza, del cosmos. Y esa convicción — reforzada hoy por las pantallas, la competencia, el individualismo — genera exactamente lo que vemos en las estadísticas: ansiedad, vacío, sensación de no pertenecer a ningún lugar.El smartphone no es el enemigo. Pero cuando una persona pasa horas mirando vidas ajenas en Instagram, lo que experimenta en el fondo no es envidia — es soledad metafísica. Es el eco de una conciencia que siente, sin saberlo expresar, que algo esencial le falta.Y ese algo no se compra, no se descarga, no se receta.