El alma que no sabe que está enferma

Publicado el 13 de abril de 2026, 13:02

Salud mental, separación y el camino de vuelta a uno mismo

Hay una estadística que me persigue desde que la leí.
En el Perú, de enero a septiembre de 2025, el Ministerio de Salud registró un aumento sostenido de casos de ansiedad y depresión — especialmente en jóvenes. Más de un millón de personas buscaron ayuda. Millones más no la buscaron.
Y un estudio global que analizó a más de dos millones y medio de personas en 84 países identificó algo que los médicos no siempre dicen en voz alta: uno de los cuatro factores que más predicen el deterioro mental en los jóvenes no es genético ni económico.
Es la espiritualidad disminuida.
No la religión. La espiritualidad. Esa sensación de ser parte de algo más grande que uno mismo. Esa percepción — tan difícil de medir, tan imposible de ignorar — de que la vida tiene un sentido que va más allá del trabajo, la pantalla, el sueldo de fin de mes.
Me quedé pensando en eso durante días.
La ilusión que enferma
La psiquiatría moderna tiene un nombre para ello: desconexión. Los filósofos lo han llamado de mil maneras. Jonathan lo llama la ilusión de la separatividad.
“Nosotros, tal como nos sentimos, tal como creemos ser, existimos solo en la ilusión — en la ilusión de la separatividad.”
Vivimos convencidos de ser un “yo” separado del resto. Separado de los demás, de la naturaleza, del cosmos. Y esa convicción — reforzada hoy por las pantallas, la competencia, el individualismo — genera exactamente lo que vemos en las estadísticas: ansiedad, vacío, sensación de no pertenecer a ningún lugar.
El smartphone no es el enemigo. Pero cuando una persona pasa horas mirando vidas ajenas en Instagram, lo que experimenta en el fondo no es envidia — es soledad metafísica. Es el eco de una conciencia que siente, sin saberlo expresar, que algo esencial le falta.
Y ese algo no se compra, no se descarga, no se receta.

El camino de vuelta
Jonathan dice algo que encuentro extraordinariamente actual:
“Es precisamente de los efectos que el hombre sufre habiendo concebido el mal, que toma conciencia de qué es el mal y corrige así su naturaleza interior, hasta reconocerse uno con el Todo y difundir en él el Amor divino.”
Traducido al lenguaje de hoy: el sufrimiento, cuando se atraviesa con conciencia, es el camino — no el obstáculo.
No estoy diciendo que la ansiedad no necesite atención. Necesita atención — profesional, humana, amorosa. Pero la atención que solo trata los síntomas sin tocar la raíz deja algo sin resolver.
La raíz es esta: el alma que sufre es un alma que se ha olvidado de que no está sola.
El trabajo espiritual — la meditación, el silencio, el contacto con la naturaleza, la oración en cualquiera de sus formas, el viaje interior — no es un lujo ni una práctica para iluminados. Es, literalmente, lo que devuelve al ser humano la percepción de pertenecer a algo más grande que su propio miedo.

Lo que Perú ya sabe
Hay algo que el Perú antiguo entendía y que el Perú moderno está redescubriendo con urgencia.
La cosmovisión andina nunca concibió al ser humano como un individuo separado. El ayni — la reciprocidad — no es solo una norma social. Es una visión del mundo en la que cada acto tiene consecuencias que van más allá del yo. Pachamama no es una metáfora: es la conciencia de que estamos hechos de lo mismo que nos rodea.
Eso que los incas practicaban en cada ceremonia, en cada ofrenda a la tierra, en cada mirada al Apu guardián — es exactamente lo que la ciencia hoy llama “sentido de pertenencia espiritual” y señala como factor protector frente a la depresión.
No era superstición. Era sabiduría.

Una pregunta para cerrar
Jonathan termina uno de sus pasajes con algo que, cada vez que lo releo, me deja en silencio:
“Más allá, está la Eterna Realidad de Tu Ser, frente a la cual solo el silencio es voz justa.”
Quizás ahí esté parte de la respuesta a la crisis de salud mental que estamos viviendo. No en más ruido, más contenido, más estímulos — sino en aprender a habitar el silencio. En recordar que debajo del “yo” ansioso hay algo que no puede enfermar, porque nunca estuvo separado.
La flor no ha florecido aún. Pero está floreciendo.

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