¿Quiénes somos para los demás? — Pirandello y la identidad | Parte I

Publicado el 13 de septiembre de 2026, 14:45
Una mañana en un café de Malta, punto de partida de una conversación sobre Pirandello y la identidad.

Es una mañana lluviosa en Malta. Una de esas mañanas en las que el cielo parece haberle quitado a la isla sus colores habituales y todo se vuelve más silencioso.

Entro en el bar de siempre, cerca del aeropuerto, para desayunar. Nada programado: un café, algo para comer y después seguir con el día. Hoy es sábado y no tengo que ir a trabajar.

En una mesa veo a Gianni Torres, de Verona. Nos conocemos desde hace tiempo y, durante un par de meses, incluso compartimos la misma casa aquí, en Malta. Nos saludamos y me acerco.

Gianni está leyendo.

Sobre la mesa, junto a la taza, reconozco un libro que no necesita demasiadas presentaciones: Uno, ninguno y cien mil, de Luigi Pirandello.

—¿Pirandello?

Gianni levanta la mirada del libro.

—Sí. Uno, ninguno y cien mil.

Me siento. Intercambiamos las cuatro palabras de siempre, esas que surgen cuando uno se encuentra con alguien por casualidad: Malta, el trabajo, alguna cosa de la vida cotidiana. Pero el libro sigue ahí, abierto sobre la mesa, e inevitablemente la conversación vuelve a sus páginas.

Hablamos de Vitangelo Moscarda y de ese descubrimiento casi ridículo con el que empieza todo: su mujer le hace notar que su nariz se inclina ligeramente hacia un lado.

Una tontería.

Y, sin embargo, Moscarda queda desconcertado.

No tanto por la nariz, naturalmente, sino por lo que aquella pequeña observación le revela: hay algo en él que los demás ven y que él, hasta ese momento, nunca había visto.

Miro a Gianni.

—En el fondo, esto es lo que siempre me ha impresionado. Tú tienes una imagen de ti mismo. Pero no tienes ninguna certeza de que sea la misma que tienen los demás.

Durante unos segundos los dos permanecemos en silencio.

Fuera sigue lloviznando. La gente entra y sale del bar; alguien toma un café rápidamente antes de ir al trabajo o quién sabe adónde.

Entonces la conversación toma otro rumbo.

—Dime una cosa —dice Gianni—. ¿Quién soy yo para ti?

Y es precisamente a partir de esa pregunta, en una mañana cualquiera cerca del aeropuerto de Malta, cuando nuestro desayuno empieza a convertirse en algo diferente.

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